Mayte Albores

Normalmente lo que escribo lo tengo en la cabeza, en los ojos, en la piel, en el cuerpo... no necesito pensar...

¡Lo que escribo soy yo hecho palabra!



El fuego se apaga con sed.
Al final todo será un mismo infierno que aprendemos a amar ¿será, eso, la felicidad?


Aprieto los labios
con la fuerza
de dejar
mi boca morada.

Los gemidos, internos,
se agolpan al deseo de salir
en un grito espantoso detenido
en nudo
de garganta.

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lunes, 2 de julio de 2012

Sobre un lecho de sueños
se desliza un cuerpo abatido
que expira, el futuro,
latiendo superviviente
a la existencia.

Ahora. Hoy.
Mañana sólo palabras
escritas con dedos transparentes
sobre la pared, tan húmeda,
como el surco de los labios.

Y fue pasar demasiado inmune
a los cambios de la vida
lo que tiñó los ojos
en senos nevados que
confunden el deseo.

Y en la ternura del rocío
que no deja nacer los brotes
más débiles, encontramos
esta fragilidad que nos hizo
como barro y costillas
de antiguos testamentos que
están condenados al pecado.

Nos persigue la ausencia
de la lengua madura,
del fruto rojo sobre el que
meceríamos las caderas
en pequeñas dosis,
de un sexo limado con notas asonoras.

Y aún,
después de todos los espacios habidos
sigue latiendo superviviente
a la existencia, un cuerpo abatido,
sobre un lecho de sueños,
donde un único diálogo levantaría
los párpados en respuesta:
te espero.





MÁS PUTA QUE NUNCA:
UN ALMA SE VENDE
POR SENTIR UN ESCALOFRÍO
INDESCRIPTIBLE